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Mariposa Negra |
Por Juan Forn
(Publicado
en Pagina 12)
Hace
diez años conocí a una mujer que debía estar muerta
según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la
misma edad que yo, cuando la conocí. A los veintiocho le
habían descubierto por puro azar que la absurda cantidad
y variedad de enfermedades que había sufrido desde su
infancia eran en realidad una sola: una maldición
llamada lupus, que en la jerga médica se conoce como
“mariposa negra”, porque el menor aleteo que dé en
cualquier rincón del cuerpo que la alberga puede generar
una catástrofe en el resto de ese organismo. Hasta
entonces, los médicos le habían tratado por separado
todas las flaquezas de su sistema inmunológico, porque
aparecían en momentos distintos, con períodos
considerables de normalidad en el medio. Pero a los
veintiocho, un chequeo de rutina desembocó en una
batería interminable de análisis y el diagnóstico final
(lupus sistémico) explicó retroactivamente cada uno de
aquellos síntomas y comenzaron a tratarla en
consecuencia, con muy pocas esperanzas.
En los
doce años siguientes había perdido un riñón, después
parte del útero, más tarde se le secaron los conductos
lagrimales (“Sí, no puedo llorar; hace ya tres años de
eso, al final te acostumbras”) y en cualquier momento
podía sobrevenirle una septicemia, un aneurisma o un
episodio cardíaco, me contó la noche en que la conocí.
Según los parámetros médicos, era una incongruencia en
movimiento. La reacción de su organismo al lupus era tan
infrecuente que la tomaron como caso testigo y llevaba
desde entonces más de diez años yendo una vez por mes a
la Academia de Medicina para que los especialistas
intentaran descular qué era lo que la mantenía entre
nosotros.
Bastaba
tener delante a esa mujer para sentir que estaba viva de
una manera que uno jamás había visto. Era como si
estuviese enferma de vida. Y contagiara a quien tuviera
enfrente. No hay mujer hermosa que no tenga conciencia
de su belleza, pero hay algunas pocas, poquísimas, que
eligen no ofrecer esa información al público: la
conservan para una segunda instancia de intimidad. Son
mágicas, desde el momento en que dejan de ser
invisibles. Hasta que reparamos en ellas parecen hechas
para no llamar la atención, para que las sorteemos
inadvertidamente en nuestro camino. Y, de golpe, no
podemos parar de mirarlas, no queremos otra cosa que
tocarlas, sólo nos importa mantenernos a su lado el
tiempo que nos sea posible.
Había
algo entre ella y la vida que era hipnótico. Como esos
cantos rodados que el mar deposita en la playa, esas
pequeñas piedras sometidas durante quién sabe cuánto
tiempo a la abrasión marina, hasta que su forma, su
textura, su color (es decir, la suma de su hermosura) es
efecto de ese desgaste; así era ella. Esa sensación
producía: todo lo hermoso en ella había sido tallado por
la enfermedad, por su resistencia a esa enfermedad. Y
uno sentía que iba a ser cada día iba más hermosa, hasta
el último. A su lado, el desgaste de la vida no roía:
pulía. A su lado no había lugar para el miedo.
En su
Diario, Gombrowicz escribe, después de leer un libro de
Simone Weil: “Contemplo a esta mujer con estupor, y me
pregunto de qué manera, por qué magia logró el ajuste
interior que le permitió enfrentarse con lo que a mí me
destroza. Y me encuentro con ella en una casa vacía, por
así decirlo, en un momento en que tan difícil me es huir
de mí mismo”. Quiero decir que, cuando la conocí, yo era
una piltrafa. Venía de zafar por mero azar de un coma
pancreático. Técnicamente hablando era un sobreviviente,
pero me sentía de manteca. La orden médica era que tenía
que limitarme a vivir de manera literalmente opuesta a
la que había vivido hasta entonces (es decir, aprender a
parar antes de sentir el cansancio; no dejarme llevar
nunca; y lo único que yo sabía hacer era dejarme llevar:
por los pálpitos, por la adrenalina, por la prepotencia
de la voluntad, por el equívoco candor de creerme inmune
o al menos lejísimo de la muerte). Mi interpretación de
esa maldita consigna médica era una catástrofe: para
decirlo mal y pronto, tenía tanto miedo a morirme como a
vivir. Eran casi una sola cosa, y eran mucho más que una
sola cosa. Recién cuando uno puede separarlas empieza a
volver, fui entendiendo con el tiempo, y no voy a
abundar en el tema por razones supersticiosas muy
profundas. No se habla de eso sin volver ahí.
Lo
cierto es que, hasta el momento en que ella me dirigió
la palabra, yo no la había registrado siquiera. Podría
alegar que en mi estado de entonces no estaba
precisamente para andar mirando minas. Pero no sería
cierto: incluso entubado en la sala de terapia intensiva
del hospital había sentido esa reverberación tan
familiar en cuanto se acercaba a mi cama una enfermera
mínimamente atractiva. Pero con ella fue otra cosa. Hay
algo peor que nos digan cobarde: que tengan razón. Y la
noche en que la conocí ella se acercó porque me olió el
miedo. Hay una hermandad de los enfermos, una hermandad
de la desgracia, y desde que pasé por ese trance yo creo
fervientemente en ella. A veces nos toca dar, a veces
nos toca recibir, en esa hermandad. Y aquella noche yo
tuve la suerte de que esa mujer me contara su historia.
Nunca más nos volvimos a ver. Muy de tanto en tanto
recibo un mail de ella y me llena de dicha poder decir
que sigue viva, tantos años después: viva como sólo ella
sabe estar viva. Pero no hemos vuelto a vernos, y dudo
que lo hagamos. Ella vive en un mundo y yo en otro. Como
me dijo aquella noche: “Con escribirlo te lo vas a sacar
de adentro; lo tuyo se reduce a eso. Yo, mi niño, estoy
en otra película, función continua”.
Estuve
años penando, pero escribí ese libro y ella fue el
comodín que me dio la clave, y terminó siendo el
personaje central y el sostén emocional de todo lo que
pude decir. Por haberla conocido pude escribir ese libro
y por escribir ese libro pude desembocar en el que soy.
Cuando lo terminé, pensé llamarlo La mala sangre, porque
de eso trataba: de mi familia, de mi enfermedad (bilis
significa “mala sangre” en griego, el páncreas es el que
se encarga de que la bilis no envenene nuestro
organismo), de los secretos familiares que envenenan a
las familias. Pero después entendí que en toda familia
hay también un talismán que las salva, y ella es mi
talismán y mi familia, y supe que el libro debía llevar
su nombre, el que le puse para hacerla sangre de mi
sangre, el que sigo usando para convocarla en momentos
de zozobra: María Domecq, María Domecq, María Domecq
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Mayo de 2010
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Primavera 2009 |
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Primavera 2007
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“A veces me veo como un solitario barco en la
oscuridad,
y aún cuando nada físico
pudiera amarrarlo,
nada es más consolador
que ver las luces de
otros barcos
navegando por el mismo
mar".
(Irvin Yalom)
Luces de otros barcos
que bordan sobre el mar la presencia que conforta :
una red anterior a la informática, precedida sólo
por el código de las estrellas. Así, cada soledad
es una luz para otra soledad, cada soledad se resta
a sí misma para tejerse en una infinita red de
vínculos.
Muchos son los seres en
todo el mundo que, con profunda fe y seguridad en el
potencial interno de cada ser humano, están
tejiendo, aun sin saberlo, esta trama humana
viviente.
Descubrir que estamos
insertos en ella, hace visible a nuestros ojos,
desde lo individual y desde lo grupal, la calidad y
cantidad de la trama, “nudos” de nuestra urdimbre,
que generan relaciones mutuas de contención,
crecimiento y fortaleza, y alejan de cada uno la
sensación de aislamiento e impotencia que en
ocasiones solemos experimentar.
En el proceso de
sanación, la “comunidad” es la palabra clave,
porque muchos de los recursos que necesitamos,
también están dentro de ella. Cuando el otro
empieza a ser incluido en nuestra realidad y su
mirada nos devuelve nuestro reflejo, comienza a
germinar la semilla de la solidaridad, punto de
partida para concientizar y movilizar a todos en una
“común-unión”
Así, desde nuestro
lugar, como compañeros de ruta, intentamos aportar
nuestro grano de arena en la construcción de un
espacio de sensibilización, reflexión y
reparación. Aspiramos a convertirnos en una
partecita de la trama de tu red, para sostenernos
mutuamente y estar siempre abiertos a recibir el
llamado de quienes nos necesiten.
Como ayer, seguimos
recorriendo juntos el mismo camino, sin prisa y sin
pausa, cargadas nuestras mochilas de nuevas
experiencias, con sueños ya realizados y muchos
otros por cumplir. A lo largo de estos años,
muchas luces han guiado nuestro camino, luces que
simbolizan el esfuerzo y el apoyo generoso de muchas
voluntades, personas y entidades, que conforman
nuestra valiosa red de contención, y que nos
permiten compartir hoy la celebración del 14º
Aniversario del nacimiento de ALUA. Y lo hacemos
con la reanudación, después de mucho tiempo, de
esta Revista, invalorable vía de comunicación que
acorta las distancias y estimula el encuentro…Hoy
como ayer…
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Octubre/2001 |
Cambia el rumbo el caminante
sin que esto le cause daño;
así como todo cambia
que yo cambie no es extraño...”
(Julio
Numhauser)
La sensación de
aislamiento, de estar separados de las personas sanas, es algo
que nos sucede con frecuencia a quienes recibimos un
diagnóstico de Lupus.
Nuestra vida sufre
entonces un cambio repentino. Nos hallamos frente a una
imprevista frontera, que nuestra sociedad define con demasiada
dureza: la que va de la salud a la enfermedad.
Nos vemos de pronto del
lado de la enfermedad, e imaginamos una serie de pérdidas:
nuestro proyecto de vida, nuestras posibilidades de acción,
nuestra armonía familiar... Se introduce en nosotros un
desequilibrio inesperado.
Como en un espejo roto la
imagen que teníamos de nosotros mismos se ha quebrado.
¿Qué sentimos
realmente?... En principio, sufrimos, somos conducidos por un
camino que no pensábamos recorrer, nuestros proyectos son
contrariados. El encuentro con los otros y con nosotros mismos,
con el mundo, no se produce como lo habíamos deseado.
Nos preguntamos entonces:
¿qué significa este nuevo rumbo que ha tomado nuestra vida?.
Quizás, la pérdida de la seguridad, la incertidumbre acerca de
nuestro futuro ... pero tal vez, también, la propuesta de una
nueva alternativa.
A través de la imagen
quebrada, a través del cuerpo sufriente, quizás se nos revele
una nueva imagen, una nueva mirada, una persona distinta: más
realista, más verdadera, con una nueva escala de valores,
alguien con más coraje, fortaleza y paciencia. Una persona que
frente a las crisis profundas a las que nos enfrentan las
pruebas de la vida, es capaz de mantener el deseo de vivir,
en el convencimiento de que este deseo es el único, que tanto
en la salud como en la enfermedad, decide nuestro destino.
Aceptemos el desafío :
“encontremos nuestro verdadero camino, cantemos nuestra propia
canción y, sin considerar nuestra edad, decidamos libremente lo
que queremos ser.”
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Julio/2000
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"Con las alas
del alma desplegadas al viento atesoro lo humano
cuando tiendo las mano
a favor del encuentro por la cosa más pura
con la cual me alimento con mi pan de ternura con las alas
del alma
desplegadas al viento.
Eladia Blásquez
Lograr el mayor
bienestar posible debería ser el principal objetivo de cada
paciente.
Si bien hasta el momento no se conocen las causas determinantes
del Lupus, la clave para mantener bajo control la enfermedad
es, fundamentalmente, el COMPROMISO DEL PACIENTE CON SU
TRATAMIENTO y la ESTRECHA RELACION CON SU MEDICO.
A lo largo de nuestra vida, nuestra misión esencial es cuidar
de nosotros mismos. Es éste un acto personal, de
responsabilidad individual, consciente y que consiste en
elaborar conductas encaminadas a satisfacer necesidades
básicas; son acciones cotidianas que realizamos,sin pensar,
durante años y que no valoramos en su justa medida hasta que
circunstancias fortuitas (un accidente, un malestar pasajero)
nos hacen perder transitoriamente nuestra independencia y nos
tornan, ocasionalmente, dependientes de otros.
Pero cuando la enfermedad hace su aparición en el seno de una
familia y, como en el caso de la enfermedad crónica, viene para
quedarse, alterando la vida física, psíquica, laboral, social y
económica de las personas, las relaciones en el entorno
familiar pueden verse seriamente afectadas. Es entonces
imprescindible la colaboración de todos: paciente, familia,
equipo médico, soporte emocional.
En general, el Lupus afecta de forma diferente a cada persona.
Cada uno debe adaptar su modo de vida al tipo de compromiso
orgánico que presente.
En este sentido, la información y contención que proporciona
ALUA tiende a lograr un control terapéutico más adecuado y la
prevención de algunos factores que pueden desempeñar una
importancia decisiva en la evolución de la enfermedad,
facilitando la colaboración con el médico, la adaptabilidad y
la respuesta al tratamiento. Se trata de obtener una
comprensión básica y cierta de lo que la afección y los
tratamientos implican, ya que SOLO SE PUEDE ACEPTAR Y ENFRENTAR
LA ENFERMEDAD CUANDO SE COMIENZA A CONOCERLA. Entonces
desaparece el temor a lo desconocido, factor muy importante en
la contención emocional, que evita afectar innecesariamente el
funcionamiento del sistema inmune.
La posibilidad del paciente de realizar cambios en su estilo de
vida y de generar nuevas conductas determinan en gran medida el
impacto que la enfermedad va a tener sobre él.
Es esencial, por ello, LA INTIMA INTERACCIÓN ENTRE EL PACIENTE
Y SU MEDICO. Los pacientes deben preguntar y los médicos deben
responder. Si una de estas dos partes falla, el que sufre es el
paciente. Los médicos necesitan de nuestra ayuda. Ellos no
pueden hacerlo solos.
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